Los tres componentes de este texto, forman parte de una serie de entradas publicadas en Instantario, un blog de Jorge Martín Bocanegra
I
La
realidad está presente. Siempre está en
presente. Según parece, de lo que podemos hablar es del pasado. Es el pasado la
historia que se nos viene a agazapar habitualmente en las líneas del relato.
Hablar del futuro sería locura y
estupidez.
(((No
hablo ni hablaré nunca de la música. La realidad de ésta pertenece a un mundo
en el que la razón no cabe. Tal vez, cuando las lenguas hayan dejado (de) ser
nada más que instrumentos al servicio del poder y de la comunicación corriente
–esto es, que se ostenta fluir sin obstáculos-, hasta entonces, creo, se podrá
contar con las profundidades sonoras de ese otro lenguaje)))
Verdad de perogrullo: la realidad como la ficción son formas que
alguien vive o experimenta mediante el lenguaje. Decir el día por su fecha y
hora no es más real que apuntarlo mediante el juego de las metáforas. En tal
sentido, tampoco es más ficcional hablar de lo extraño que puede ser algo o
alguien mediante el uso de formas convencionales. En pocas palabras, la ficción
y la realidad son formas que las sociedades han instituido y disribuido según
ciertos sistemas de valores atraídos con el lenguaje en que se viven.
En abstracto, la realidad y la
ficción corresponden a una amalgama de formas que se muestran en la expresión
de quien las ha hecho posibles; pero también de quien las ha hecho aceptables.
En consonancia con lo dicho anteriormente: el relato, o sea la historia, es un
hecho consumado y producido en un campo de batalla. Es la guerra de lo posible
(real y ficcional) contra lo imposible (imaginación caótica inexpresada). Está
claro que tanto la realidad como la ficción se hacen con las formas de lo
posible, esto es, con las formas del lenguaje socialmente aceptado y asumido
por las instituciones que las utilizan como medidas de aseguramiento de valores
socioculturales. La distinción entre realidad y ficción, entonces, obedece más
a una cuestión de grados que de certezas; es más un producto de perspectivas
que de hechos independientes y objetivos. Al hablar nos estamos yendo,
inevitablemente, hacia un pasado, y esa realidad de la que hablamos ha dejado
de ser la misma en que nos vimos atrapados o atraídos. En consecuencia, el
presenta de tal relato ha comenzado a ser ficcional.
Las cosas comienzan a complicarse
cuando se quiere hacer pasar como verdad un conjunto de formas cuya realidad es
distinta y distante de las formas del vivir de una sociedad o de un individuo.
Es una complicación que llevaría a analizar minuciosamente el pelaje del león,
esto es, de la sociedad en todas sus raíces y arborescencias. El punto es si
vale la pena arriesgar la frágil cordura que anima a contemplar la posibilidad
de llevar a cabo tal análisis, sabiendo que en ello podrá irse la vida entera,
y que a lo más que llegaríamos es a obtener, tal vez, el borrador de un
capítulo atiborrado de descripciones y de notas al pie de página. Pero la
mentira tampoco escapa de esta red de complicaciones excesivas. La mentira es
la otra forma de la verdad posible; pero de difícil probatura. El calendario es
una realidad que se mueve siempre.
Si
en filosofía se fuera el tufo de mis pensamientos, no dudaría en hacerlo con
las costuras de lo interesante, antes que con la tela de lo verdadero o con el
simulacro de la realidad entera. Mi guerra no es con la verdad ni con la
mentira ni con nada que tenga que ver con formas de valor agregado, y mucho
menos con formas de control mediático o educativo. En mi caso, los leones están
en otra parte.
Tal vez es por esta clase de
complicaciones que prefiero evitar la presencia de los leones en este promiscuo
Instantario. Aquí sólo es habitual la realidad de la ficción. Aquí la verdad ni
la mentira son formas de interés personal. Es por esto que Instantario viene a ser
la evidencia que desde hace años ha venido punzando en mis carnes: la disciplina del caos como única vía para
descansar de la razón y sus monstruosidades. Esto explica que la razón de
mi sinrazón sea mucho más vulnerable y frágil que la mariposa del poeta chino,
de quien sólo se ha querido atrapar un sueño, pero no el tiempo entero en que
ocurrió el poema.
La conclusión está –si es posible
llegar a una conclusión segura- de parte de quien ha leído este trozo cortado
con años como instantes.
II
Hay
que estar loco para escribir sobre sí mismo. Sobre sí mismo no hay más que una
realidad imposible de ser contada sin mentiras. Es, quizá, la obsesión de no
querer escapar de esa vida envuelta por imágenes de eternidad, que hace que el
loco viva con la oreja puesta en los agujeros por donde se filtran voces y
otros sonidos que lo inquietan hasta tiritar de miedo. La eternidad. Es la
eternidad el sí mismo en que el loco se envuelve para no ver el sentido de las
diferencias. Escribir sin renunciar al sí mismo es acabar con los dedos
ampollados, débiles por tanto estar escarbando en el lugar donde se aposenta lo
mismo. Pero el corazón, el corazón está más vivo que nunca. Está agitado de
escarbar y decir lo que en limpio se expone. ¿Qué escribe el loco?
El sí mismo es un día a la misma hora en
que halló todo eso que se le escapaba desde siempre. Desde entonces habla de
esa hora, de ese cielo, de esa casa, de esa iluminación en que los colores y
las formas lo apresaron y lo hicieron conocer eso que en los sueños era mera
aproximación. Aunque dé otros nombres a lo personajes en que presenta sus
historias, sabe que son los mismos personajes que conoció aquel día a la misma
hora y bajo aquel mismo cielo. Es una misma historia con diferentes nombres.
Lo otro, lo que no es lo mismo, está en lo
que deja aparte o en el lugar de lo no escrito. No lo deja por voluntad propia,
sino que es realidad ajena para los pensamientos en que fue haciendo la
historia eterna de su hallazgo. El loco.
No hay serie ni orden que conduzca a un
final previsto. Es uno, siempre uno donde el loco fracciona el cuerpo.
Descoyuntamiento, antes que anatomía, acaba siendo el resultado que lo asombra.
La continuidad no es idea que en él esté aposentada. Sobre todo le atrae hacer
saltos que lo distraigan de morir impertérrito. Ver la cara de la muerte en
cada salto es algo que, según sus creencias, fortalece los músculos más
importantes de su cuerpo: cerebro y corazón. Salta para no ser anonadado por las
cosas impuestas desde afuera
Cuando no escribe canta. El loco canta sin
palabras. En su canto se ofrece todo el cuerpo en que vive al otro lado de las
páginas. Es en ese otro lado donde tienen lugar los días y las cosas que
fenecen, que se gastan de tanto vivir, que se esconden a las manos de la
historia. Nada importa más que el canto sin palabras. Está en la voz el
innombrable ser que se eleva y se desbarata en otras nubes de voz y de insustituible
agua. Cuando no canta ni escribe, sueña. ¿Qué sueña el loco?
Cielos que lo tragan todo. Noches que
vomitan estrellas. Ladridos de preñadas perras y de gatas que maullan sobre
tejados o sobre láminas, que desangran la paz de los durmientes o que exasperan
la inutilidad de los insomnes. Nada que decir. Soñar. Ni canto ni escritura.
La muerte no es el fin de nada. En la
muerte no hay inicio ni final. La muerte es eso mismo que el loco acumula en
sus escritos. Es esa muerte que se llevará cuando dé el último salto o cuando
no tenga fuerzas para cantar. Secreto. Hallazgo de aquel día en aquella hora de
aquel mismo cielo. Casa. Agujeros. Otras voces y otros sonidos para otras
orejas dispuestas a esperar el acabamiento. La eternidad. El sí mismo.
III
Tengo
varias cuentas de correo / some loggin-on
y distintas subjetividades /
Tengo
varias líneas de teléfono /office, cell
and home y el gusto por todo lo imposible /
Tengo
varios libros sobre el escritorio, sobre la mesita de noche, adentro del
portafolios, y hasta uno en el bolsillo exterior de mi chaqueta de terciopelo
negro / Of course, I have a lot books on
line /
Tengo
varios yoes que se derraman en visiones y sensaciones, en abstracciones y
elucubraciones, en llamadas telefónicas y mensajes recibidos y enviados con las
diferentes cuentas de correo y en la lectura de todos los libros antes
localizados /
Tengo
varios nombres que se me olvidan a diario a horas del anochecer /
Cuando
despierto temprano en la madrugada ni siquiera estoy seguro de estar adentro de
un cuerpo /
Mi
olvido es superior al de la memoria /
Pensándolo
bien, vivo en las redes más que en las calles, fluyo a la velocidad de lo
instantáneamente nuevo. Sin dificultad puedo pasear por los museos virtuales y
por selvas del Amazonas y escuchar el
lenguaje de esos aborígenes que observo sin jamás ser visto por ellos /
El
placer que me viene con lo desconocido toca, palpa, acaricia la profunda piel
de lo que he sido y he dejado de ser /
Me
preparo a diario a morir /
Vivo
hasta la muerte /
Nazco
y renazco en todos los yoes con los que escribo /leo a diario
Escrivivo
(dijera Julián Ríos)
Escrimuero
(dijera uno de los tantos yoes)
Tengo
el tamaño de una sombra de oruga, el chispazo de un cortocircuito, el olvido de
una palabra /
Es
decir, padezco las descomposiciones de la inmediatez /
Aprecio
las ficciones /
Detesto
las falsedades /
La más
grande ficción está en la verdad, porque no hay verdad, creo /
Pero
tampoco hay mentira, porque la mayor parte de la vida es ilusión, pienso /
¿? /
¡! /
(((( /
)))) /
ETC /
Llaman la atención estas relaciones posible/imposible. Me parece que la locura es un experimento bastante interesante, puesto que conlleva desorden, opuesto a la idea del orden que representarían ficción y realidad. No por el hecho de los extremos, los extremos en este sentido no son tan verosímiles, sino por entender cómo se disipan las fronteras entre ambos
ResponderEliminarSiento que el texto progresa hacia lo imposible, que resulta posible en su naturaleza interpretable.
Digamos, que el texto que busca hacerse texto -ya por la lectura, ya por la escritura que no deja de moverse en diversos sentidos-, acaba yéndose en ese camino que promete lo imposible.
ResponderEliminarAl decirlo como lo has dicho, Alejandro, es evidencia de esa naturaleza interpretable.
¿Qué es verdad y qué es mentira?, ¿qué es posible y qué no lo es?, ¿qué es real y qué es ficción?, ¿estoy loca o no lo estoy?, ¿o es acaso todo una mentira? Del texto me surgen éstas preguntas que ni puedo evitar hacerlas, ni tampoco responderlas. Y es que realizar tajantes separaciones entre los conceptos mencionados no es posible, todos parecen mezclarse en el contexto diario. Ahí están las mentiras que son mezcla ficción y realidad, ahí está uno hablando de sí mismo con mentiras, y al mismo tiempo pensando que todo lo que percibimos es real. Lo textos me parecieron sacados de la mente un instante después de haberlos elucubrado, son claros ejemplos de la progresión mental que hacemos cuando nos da por pensar en algo.
ResponderEliminarTodo parece mezclarse, dices, Jared, y efectivamente, nada parece mantenerse total y permanentemente separado en su definición. Pero al mismo tiempo podemos hablar de los componentes que hacen posible la mezcla, luego, existen los momentos en que percibimos y notamos el todo de la mezcla, y hay otros en que pensamos en los componentes. Estamos, pues, de alguna manera, en momentos distintos porque hacemos operaciones distintas; en un momento llevamos a cabo la síntesis, en otro, el análisis, y esto es lo que hace posible que surjan conceptos diferentes en función de hacer operaciones mentales diferentes.
ResponderEliminarLas preguntas son ya acciones con las que establecemos puntos de vista específicos, y son necesarias para colocarnos en una cierta posición para emprender la acción de las respuestas posibles, las cuales no cesariamente han de ser respuestas que posean la verdad. En este caso, lo que importa son las respuestas de quien ha hecho las preguntas, si son verdad o no lo son, ya será materia de otro momento y de otra acción del pensamiento.