Jared Torres
Así
como muchos ya lo han hecho, habría que preguntarse si la literatura y la
filosofía sirven para algo. Pareciera que en nuestro tiempo dedicarse a ser
filósofo o literato es una actividad exclusiva para un grupo selecto de
personas, como si fueran actividades cargadas de contenido al que sólo personas
con ciertos privilegios pueden acceder. Esto puede ser fomentado por muchos
motivos, pero me gustaría mencionar dos. Pocas personas se dedican a estas
profesiones debido a que siempre sale la duda de si será suficiente la
remuneración económica que se tendrá de ellas, y no es que sólo busquen el
dinero que les dará; sino que a cualquiera de nosotros nos gustaría o
preferimos obtener una remuneración económica del trabajo que nos gusta hacer
para sustentar nuestras vidas. El segundo motivo, que lo he visto mientras me
encuentro estudiando letras, es que la mayoría de las personas que se
encuentran estudiando tanto filosofía como letras no adquieren ningún
compromiso social; es decir, los estudios de dichas carreras nos brindan mucha
información y conocimientos que posiblemente sería difícil adquirir de no
cursar las carreras, sin embargo pareciera que solamente se pretende acumular
conocimientos para beneficio propio.
No es
raro escuchar a los alumnos diciendo que el motivo por el que entraron a
estudiar las carreras mencionadas es para poder ampliar los conocimientos de la
realidad y poder entenderla, como si sólo se tratara de una pretensión intelectual
que se desea satisfacer. La literatura y la filosofía, en realidad, sirven para
mucho más que registrar en la memoria datos, autores e historias. La verdadera
utilidad de ellas radica en la práctica del compromiso social que se adquiere.
La
filosofía es la reflexión más grande sobre la interacción del hombre y su
realidad, por lo que cursar una carrera de tal índole y el registro de los
datos aprendidos en esos estudios deberían de ser las herramientas principales
para comprender el contexto en el que estamos involucrados y mejorarlo. No se
trata de sólo hacer reflexiones internas sino también de proponer acciones que
transformen la realidad; y no imagino personas más capaces de hacerlo que
justamente los filósofos, quienes se han instruido en el pensamiento de grandes
hombres de todos los tiempos.
Algo
muy parecido ocurre con la literatura, la mayoría de quienes deciden dedicarse
al estudio de ella se consideran a sí mismos como personas privilegiadas por
haber adquirido el gusto por la lectura. Muchos se olvidan de que lo importante
es el contenido y no el papel, sobrevaluan los libros y por ello se ve una gran
concurrencia a las ferias de libros; muchas veces sin considerar la existencias
de las bibliotecas, librerías de libros usados, los textos compartidos en
internet e incluso de otras formas de literatura que aún se conservan en la
tradición oral. Pareciera que este grupo de personas guarda recelosamente el contenido
de la literatura y se admiran burlescamente de aquellas personas “no cultas”
que no conocen el nombre de algún autor famoso. Si bien existen personas que
noblemente se dedican al fomento de la lectura, también hay algunos de ellos que
olvidan que leer no es interpretar palabras escritas por sus sonidos y el mejor
lector no es aquel que devora cientos de libros al año. El compromiso del
literato con la sociedad es, primero aprender y después, enseñar a leer y poder
establecer relaciones entre el texto y el contexto en que se vive, es mirar nuestra
realidad y poder identificar elementos que gracias a la lectura ahora podemos
reconocer en nuestra vida, es ampliar o cambiar la perspectiva desde la que
miramos el mundo, y con todo lo anterior proceder a las acciones para
transformar y mejorar nuestro mundo, y en consecuencia nuestra vida y la de los
demás.
La
filosofía y la literatura sí tienen utilidad; pueden cambiar el mundo, tan sólo
hace falta que no sean vistas como actividades intelectuales sino como herramientas
para iniciar una práctica social para transformar la realidad y mejorarla.
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